La Corporación Tepiapa y la Asociación Colombiana Médica Estudiantil realizan jornadas médicas y talleres en tres rancherías del departamento, una unión que ha mejorado la calidad de vida de aproximadamente 1.000 indígenas de 100 familias.

En La Guajira, un vasto territorio que abarca más de dos millones de hectáreas del Caribe colombiano, los tesoros paradisíacos, biodiversos y ancestrales contrastan con la pobreza, el olvido, las injusticias y la corrupción.
Sus playas de aguas diáfanas y cristalinas, los desiertos de arenas blancas y los bosques secos por donde transita el enigmático jaguar, desentonan con las cicatrices que exhiben los cuerpos de los wayuu, etnia que tiene su mayor representación del país en tierras guajiras.
Cientos de niños indígenas con sus cuerpos flacos y estómagos sobresalientes por el exceso de parásitos, detienen a diario los vehículos que transitan por las carreteras humeantes por el sofocante calor para pedir algo de comer, un cuadro devastador que le arruga el alma al más fuerte.
El hambre, la sed y las bolsas de plástico que vuelan con el viento, entorpecen la magia y el encanto de los riachuelos pintados de rosado por el plumaje de los flamencos, los montículos de sal inmaculada y los chinchorros y las mochilas tejidas por las mujeres.
La desnutrición infantil pulula en este departamento. Según un estudio de la Defensoría del Pueblo, de los 10.973 casos de desnutrición aguda en niños menores de cinco años registrados en 2020 en Colombia, 1.121 fueron en La Guajira, cifra que solo fue superada por Bogotá.
El informe titulado “Desnutrición en la primera infancia: causas estructurales y vulneraciones prevenibles y evitables” también revela que el año pasado 48 niños murieron por desnutrición en La Guajira, el número más alto en todo el país.
Por su parte, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) cataloga a La Guajira como el segundo departamento más afectado por la pobreza, después de Chocó. Sumado a esto, la ausencia o débil presencia del Estado ha propiciado la cultura de la ilegalidad y la corrupción.
En Colombia habitan más de 380.000 indígenas wayuu, etnia prehispánica con principios cosmogónicos y experta en el trabajo textil. El 98% habita en La Guajira, en especial en su zona más alta, donde hay por lo meno s 22.000 rancherías.
Las palpables carencias de este pueblo, como la desnutrición, la falta de agua y el olvido estatal, fueron los detonantes que llevaron a José Édgar Alarcón Manrique, profesor de teología y del área de humanidades, a crear una iniciativa que permitiera mejorar la calidad de vida de los indígenas.
En 2018 creó Tepiapa, una corporación sin ánimo de lucro que trabaja en tres rancherías wayuu de la Guajira (San Martín Puloüi e Hirtú en Manaure y Cangrejito en Riohacha) por medio de actividades enfocadas en la acción humanitaria, la investigación y el desarrollo técnico y tecnológico.
“Realizamos actividades enmarcadas en una riqueza de diversificación en la acción y las cuales generan bienestar y calidad de vida en la comunidad wayuu, la cual padece de grandes dificultades por el hambre, desnutrición, pobreza y falta de agua y alimentos”, aseguró Alarcón, director de Tepiapa.
En sus tres años, la corporación ha consolidado cerca de 10 proyectos y programas relacionados con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en las tres rancherías, los cuales abordan temáticas como educación, arte, cultura, agricultura, pesca, medio ambiente, potabilización de agua, construcción de casas y energías limpias.
Por ejemplo, el programa de desarrollo agropecuario busca garantizar la seguridad alimentaria y disminuir los índices de pobreza en las comunidades a través de la restauración y mejora de los sistemas agropecuarios, pero teniendo en cuenta las actividades ancestrales.

Con las eco-letrinas, una planta de tratamiento doméstico de excretas por medio de la fermentación aeróbica, se evita la contaminación y proliferación de vectores. Entre tanto, las Ciudadelas Yanama buscan minimizar el déficit de vivienda con la construcción y reparación locativa de los hogares utilizando bahareque y yotojoro.
La corporación actualmente trabaja en la formulación de un proyecto para instalar un sistema de potabilización de agua en las rancherías, donde el líquido vital escasea, y desarrolla con 10 mujeres una iniciativa de gastronomía ancestral para fortalecer el turismo.
El estado de salud de los wayuu siempre le generó una gran preocupación al docente. Por eso, desde los inicios de la corporación siempre tuvo en mente convocar algunos voluntarios para realizar jornadas de acompañamiento médico en el territorio.
“Sin embargo, evidenciamos que el tema nutricional no existía en la zona. Por ejemplo, los médicos que vienen a las rancherías les recetan medicamentos a los indígenas sin tener en cuenta su base nutricional o alimenticia”, informó Alarcón.
Ante esto, Tepiapa creó un proyecto de siembra y preservación de las semillas autóctonas wayuu, como maíz, frijol y ahuyama, el cual garantiza un mínimo de alimento a la comunidad y le apunta a la soberanía alimentaria.

“Con la consolidación de esta iniciativa, en junio de 2019 hicimos el primer experimento con 10 estudiantes de medicina de la Universidad de los Andes, con los que elaboramos un diagnóstico parcial de las enfermedades y descripciones del territorio, el primer paso para consolidar una alianza con una entidad médica”, dijo el directivo.
Una de las médicas voluntarias del proyecto piloto lo puso en contacto con las directivas de la Asociación Colombiana Médica Estudiantil (ACOME), organización sin ánimo de lucro que desde 2002 ayuda el proceso formativo de los estudiantes de medicina de los programas de pregrado y postgrado.
“Luego de presentarles los resultados del diagnóstico, que arrojó datos como la falta de agua potable y una seria desnutrición, logramos suscribir un convenio con ACOME en enero de 2020 para así realizar jornadas médicas en las tres rancherías”, afirmó Alarcón.
Pero la pandemia del coronavirus evitó realizar las visitas al territorio durante todo 2020. Según Juan Camilo Soler, presidente del capitulo Bogotá de ACOME, todo el año la alianza se dedicó a ultimar los detalles administrativos, logísticos y de gestión del proyecto.
“Debido a las restricciones de la pandemia nos dedicamos a buscar los recursos, establecer la cantidad de personas y definir las actividades que realizaríamos en las jornadas médicas, las cuales llamamos inmersiones en el territorio”, complementó Soler.

En enero de 2021, cerca de 60 médicos de ACOME y varios expertos de Tepiapa se adentraron en las tres rancherías guajiras para atender las dolencias y enfermedades de los más de 1.000 wayuu de 100 familias que allí habitan.
La comisión médica corroboró las serias problemáticas de salud que padecen los wayuu, como desnutrición, gastroenteritis, diarrea y conjuntivitis. Los niños flacos y barrigones, con llagas abiertas y contaminadas sobrevoladas por moscas, fueron uno de los cuadros más alarmantes.
Según Soler, los diagnósticos más comunes fueron problemas en la piel como tiñas, infección cutánea causada por un hongo, desnutrición y deshidratación. “Encontramos niños con tallas y pesos demasiado bajos para su edad, además de una gran población con parásitos por el consumo de agua o alimentos no aptos”.
El director local de ACOME aseguró que la arena está enfermando a los indígenas. En algunos casos este material viene contaminado por los excrementos humanos o de animales e ingresa en los ojos de los wayuu impulsado por el viento, causando así enfermedades como la conjuntivitis.
“Hipertensión, gastroenteritis, diarreas y fiebres fueron otros de los casos que evidenciamos. Todos los wayuus que atendimos, tanto niños, jóvenes, adultos y personas mayores, fueron desparasitados”.
Aunque no es médico, en su experiencia en el territorio Alarcón ha aprendido a leer las enfermedades en los wayuu. “El mejor elemento para ver cómo está una persona de salud es la piel. En La Guajira son evidentes los brotes, las llagas y las tonalidades extrañas tanto por el sol como por otras patologías”.
A todos los indígenas que fueron atendidos en la primera jornada se les abrió una historia clínica, un hito histórico en las rancherías. También se les recetaron antibióticos y medicinas para combatir sus enfermedades, algunas de las cuales se encuentran en las plantas que la corporación ha ayudado a cultivar.
“Uno de nuestros propósitos es buscar esas analogías que hay entre el saber médico occidental y el wayuu. Por eso realizamos inserciones, es decir mantener algo que fue introducido y lo utilizan para su cuidado”, informó Alarcón.

En abril, y con la mayoría de los mismos médicos de la primera jornada, la alianza realizó la segunda inmersión en el territorio, donde conocieron algunas de las creencias que tienen los wayuu.
Por ejemplo, estos indígenas consideran que existen dos enfermedades: la corporal, aquella que desgasta al cuerpo, y la espiritual, un espíritu que se adhiere a una persona y la cual solo es curada por una mujer de la etnia.
Don Fermín, la autoridad indígena de San Martín Puloüi, les contó que fue víctima de uno de esos espíritus, por lo cual decidió combatir los dolores de forma tradicional quemando su piel con un tenedor caliente, práctica que le dejó certeras cicatrices.
“Lo que le dio a don Fermín fue un accidente cerebrovascular que le dejó sin movimiento el lado izquierdo de su cuerpo y mucho dolor por las mialgias. Él no confía en los médicos de La Guajira, pero al ver que venimos de otro lado cada vez está más abierto a escucharnos y recibir tratamiento”, recuerda Soler.
El miedo al médico y al hospital permean con fuerza en las rancherías, algo que para Alarcón está profundamente relacionado con su tradición y modo de vida. Por ejemplo, todos los wayuu duermen en chinchorros o hamacas, por lo cual no conciben que los lleven a un hospital a ser atendidos en una cama.
“En su imaginario eso significa la muerte, porque los ubican rectos en una cama como si fueran a ingresar al cajón. Además, sus columnas están acostumbradas a dormir en chinchorros, por lo cual en una cama no van a descansar sino a sentir un dolor más. No es lo mismo atender un paciente indígena que a un habitante de ciudad, por más equipados que estén los médicos”.
En el segundo encuentro con la comunidad, Alarcón y Soler notaron los vínculos de confianza generados entre los profesionales y los pacientes, como que los indígenas ya no utilizaban su idioma como barrera y ahora hablaban en español para contar sus dolencias.
“El médico estudiante pregunta, conversa y es muy atento con el wayuu. No es una persona arrogante que solo formula un acetaminofén, sino un profesional que está interesado por el cuidado y la vida de su paciente. La confianza es la protagonista de este proyecto”.
En las dos primeras jornadas médicas en las rancherías, los médicos también lograron evidenciar varias Infecciones de Transmisión Sexual (ITS) en los wayuu.
“En los chequeos, es decir revisiones físicas, nuestras médicas encontraron varias mujeres con blenorragia y sífilis. La problemática debe ser mucho más alarmante, ya que aún no se han realizado exámenes clínicos para diagnosticar infecciones como el VIH”, dijo Soler.
Para Alarcón, las ITS en los wayuu figuran entre sus principales problemáticas debido a que la sexualidad es un tema del que nadie puede hablar en la comunidad. “En su cultura no existe la educación sexual; no es un tema tabú, sino que está vedado y prohibido”.
Debido a esto, la mayoría de las mujeres wayuu no permiten que les revisen sus partes íntimas, una condición que ya ha causado muertes en las comunidades. “En abril, terminada la jornada en la ranchería de Hirtú, una mujer embarazada murió por una preeclampsia asociada con alguna ITS. Llamaron al hospital de Manaure para que enviaran una ambulancia, pero nunca llegó”, reveló Alarcón.

La cultura wayuu le permite a los hombres tener varias mujeres, algo que para los expertos incrementa el riesgo de que adquieran ITS. “El preservativo tampoco hace parte de su cosmovisión. La situación ha empeorado por los migrantes venezolanos y los casos de prostitución”.
Otro agravante evidenciado por los expertos viene por parte la religión. El director de Tepiapa denunció que los pastores del cristianismo protestante y católico están satanizando a las mujeres wayuu, encargadas de curar y mantener el equilibrio espiritual en la comunidad.
“Las curanderas ya no se presentan como una forma institucional wayuu y ahora permanecen ocultas porque el cristianismo dice que su trabajo de curar es pecado. Esto también está reduciendo prácticas ancestrales como las danzas de los indígenas por considerarlas pecaminosas”.
En sus recorridos por el territorio, Soler encontró un texto del Nuevo Testamento traducido a la lengua wayuu, una evidencia que para el médico genera un gran impacto en la cultura ancestral indígena. “Esta satanización causa que las nuevas generaciones ya no se estén capacitando con las curanderas tradicionales para continuar con su tradición de curar”.
Ambos expertos concuerdan que la evangelización de los pastores tiene en alto riesgo la tradición ancestral de los wayuus. “Si esto sigue así, cuando las mujeres mayores mueran, las más jóvenes no van a poder continuar con ese legado de curación; ellas son las que conocen el uso de las plantas medicinales”.
Con cada una de las historias clínicas, los médicos de ACOME evidencian los avances o retrocesos en los tratamientos de los wayuu. En la tercera jornada de salud, realizada en julio de este año, los cambios en la comunidad fueron bastante evidentes.
Según Alarcón, ya no habían tantos niños con sus panzas redondas por los parásitos y algunos aumentaron de talla y peso. El color amarillento del cabello, causado por la desnutrición, no era tan marcado.
Soler corrobora el dictámen del director de la corporación. “Como fueron desparasitados, los indígenas han ganado talla y peso, hasta cuatro kilos, y el perímetro abdominal disminuyó. El color de la piel está mejor y las tiñas han cedido a los tratamientos médicos. Todo esto queda consignado en la historia clínica, lo que nos permite hacer un seguimiento de cada caso”.
La comunidad ha forjado lazos con los médicos que los atienden. “Fue muy bonito escuchar a los indígenas preguntando por su médico debido a los buenos resultados del tratamiento. Ahora tienen por primera vez una atención médica personalizada que los dignifica y hace seguimiento”, mencionó Alarcón.
Los wayuu también han recibido diversos talleres por parte de la alianza. Los hombres, por ejemplo, aprenden sobre primeros auxilios, reanimación y movilización adecuada de los pacientes en motos y hamacas, mientras que las mujeres se capacitan en la preparación de sales para combatir la deshidratación a través de lo que tienen en sus rancherías.
“Otro taller que realizamos es sobre la reutilización del plástico, residuo que abunda en La Guajira. Les enseñamos a utilizar botellas llenas de bolsas en las mejoras de las casas y elaboración de letrinas. También los capacitamos sobre lactancia materna y la combinación de los medicamentos occidentales con los tradicionales, como el uso de la sábila para la piel”, apunta Soler.
La Secretaría de Salud de Manaure se comprometió a hacerle seguimiento y trazabilidad a las órdenes médicas dadas en las tres jornadas realizadas por la alianza, para que así las IPS atiendan a los indígenas.
“Lamentablemente no lo han hecho y creo que no lo van a hacer. Cada vez que me encuentro con la secretaria de Salud de Manaure le digo que tiene una deuda con su pueblo. Por mi parte seguiré peleando e insistiendo para que cumplan”, denuncia el director de la corporación.
Las manos amigas para la puesta en marcha de este proyecto en La Guajira han sido más bien pocas. Por ejemplo, todos los medicamentos para los tratamientos de los indígenas provienen de rifas y otras actividades realizadas por los médicos de ACOME, mientras que algunos empresarios colaboradores de Tepiapa ayudan con recursos para la logística.
“El planeta necesita más que nunca una inversión social, pero son pocos los que están dispuestos a hacerla. Con nuestro proyecto queremos marcar la diferencia y hacer algo por nuestras comunidades indígenas y recursos naturales”, manifestó Alarcón.
A mediados de enero de 2021, 60 médicos de todo el país realizarán la cuarta jornada de inmersión en las tres rancherías, quienes se han venido capacitando con especialistas sobre las enfermedades que más aquejan a los wayuu.
En esta nueva jornada se tiene proyectado realizar un taller de educación sexual, una difícil iniciativa que busca evitar que se repitan casos como la muerte de la mujer wayuu y su hijo por una ITS.
Cada ranchería contará con 20 médicos voluntarios, quienes estarán durante una semana atendiendo a la comunidad y realizando los talleres de educación, promoción y prevención.
“Uno de los mayores frutos de esta alianza es que ha enganchado a estos médicos para que realicen un voluntariado continuo, donde se establece una relación de confianza con la comunidad. A algunos ya los consideran parte de su familia y les dicen sobrinos”, indicó Alarcón.
Al contar con una continuidad en los médicos, los wayuus le han perdido un poco el miedo a la medicina occidental. “Sin ese lazo de confianza los indígenas se cierran, hablan en su lengua y no cuentan nada. Por eso, la continuidad de los médicos debe permanecer”, puntualiza Soler.
La conservación de las tradiciones ancestrales indígenas hace parte de la esencia de esta iniciativa. Por eso, los médicos de ACOME fortalecen sus conocimientos con las propiedades que tienen las plantas del territorio.
“El ideal de estas inmersiones es ir al territorio a ayudar a la comunidad, pero teniendo en cuenta su cultura y tradición. Nuestra meta es tratar las enfermedades tanto con antibióticos como con las plantas. No es imponer sino aprender de su legado”.
Este trabajo se verá fortalecido con el semillero de investigación etnobotánica que abrió hace dos meses la Universidad Corpas, el cual quiere indagar con los estudiantes sobre las plantas que sirven como antibióticos.
Jhon Barros
Administrador ambiental de la Universidad Distrital de Colombia con más de 20 años de experiencia en periodismo. Ha trabajado en medios de comunicación como el periódico El Tiempo, Revista Semana, Caracol Radio y La revista Ambiental Catorce 6, y oficinas de prensa de entidades nacionales y distritales como la Secretaría de Ambiente de Bogotá, el Instituto Humboldt y el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC).
Este bogotano ha participado en varios proyectos periodísticos en Colombia como la Gran Alianza Contra la Deforestación (Revista Semana y el gobierno de Noruega), el Grupo Río Bogotá (Revista Semana), Semana Sostenible, Semana Rural, Expedición Páramo (Caracol Radio) y Código de Acceso (escuela de jóvenes periodistas de El Tiempo). Suma más de 200 artículos, crónicas e investigaciones publicadas en medios impresos y digitales.

